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Un hombre ha muerto

En la plaza del pueblo
yace el cuerpo
de un hombre muerto.

El pelotón de fusilamiento
limpia sus armas
a la luz del sol
y ante la mirada de las aves.

En esos pueblos,
lo que pasa en la plaza
es un acontecimiento,

pero hoy no hay niños
pues en el centro hay
un hombre muerto.

Ya no importarán
los crímenes o la Justicia,
un hombre ha muerto.

Algunos soldados
se descubren la cabeza,
todavía recuerdan sangrar junto al muerto
en tal o cual batalla.

No hay más por ver,
las aves se acercan furtivas.
Mañana nadie recordará al hombre muerto.

Pero esta noche
más de uno se preguntará
quién será el próximo
que esperará en la plaza.

En el derrumbe

Se desmoronaba el suelo bajo mis pies
sin aviso alguno
y el sol, siempre distraído,
brillaba sin enterarse.

La caída inminente
parecía no tener final,
aunque una parte de mí
la consideraba merecida.

"Vivir por la espada
te lleva a morir por la espada",
me susurré como un talismán.

También recordé la belleza
de lo que se pierde
o de lo que se va,
en una infructuoso intento de consolarme.

El frío comenzó a cortar mi piel,
la humedad en mis mejillas
se helaron como cierto corazón
que en algún momento fue mío.

Veo el final del camino
y la culminación de la caída,
en breve me despertaré.

Beso de buenas noches

Ella me cantaba
canciones para dormir
mientras su público era
poco más que mi espalda.

Le cantaba a un público
que de todas maneras
no podía ver,
porque el alma no tiene color o forma.

A lo lejos sonaba
algún difuso oso musical
de mi infancia
o aquella sonata rusa que me describe.

La congoja se dibujaba
en mis ojos velados
con las siluetas de las derrotas
o esas confusas victorias.

El tarareo involuntario
de esos versos que son
mis tortuosos amuletos
y que escapan de lo que cuento.

Me gusta pensar que ella
se despidió esa noche
con un beso de buenas noches
que no recuerdo.

Mis amigos, los vencidos

Los límites del horizonte
se desdibujan en líneas
que nos recuerdan que todo
es un eterno regresar.

En el fondo lo sabemos,
se ve en nuestros ojos,
se siente en nuestros pies.

Hay una frase que nadie
se anima a decir,
pero que casi
se puede cortar en el aire.

No quedan espadas,
ni lanzas,
ni palabras
para salvarnos.

¿Será este ocaso
el final de nuestras historias?
¿Aquellas que en algún momento
simularon la gloria?

Si nuestro tiempo ha de finalizar,
que nuevas historias consigan
la redención que nosotros
no conseguimos.

Cuando las estrellas aparecen despacio

Los límites del camino
se desdibujan mientras
el paso aumenta
y la luna gana el cielo desnudo.

Ese lejano susurro
retumba como un eco eterno
que nace en mi interior,
o tal vez en su boca.

Un segundo.

El ritmo de los suspiros disminuye
y mis ojos se acostumbran
a ciertas sombras empañadas.

Descubro los puntos dispersos
en el lienzo negro del firmamento,
sin querer los uno.

No me sorprende el resultado,
pero el resto del recorrido
se hará más difícil
y lento.

Ocaso de juventud

Ella, todavía inmortal,
movía los dedos
mientras jugaba con la idea
de su mortalidad.

Yo, tan mortal como todos,
la escuchaba con la nostalgia
del que se apaga con la noche.

Esa divagación
casi filosófica
me arrastró como un torrente
a una serie de enumeraciones dolorosas.

Las copas vacías rotas,
un sinfín de derrotas y
una guerra casi perdida.

El sol se despide en el horizonte
y un leve rocío
acaricia las superficies,
antes de volverse una molestia.

Los hombros
se sienten pesados,
hace rato que nadie dice nada.

Vuelvo a mirar el paisaje
que nunca me aburre,
pero al final de cuentas
lo único que va a quedar es el silencio.

Solo el silencio.

Entre otras sorpresas

Entonces me sentí perdido
y comencé a ordenar los recuerdos
que se guardaban en aquel cajón
siempre cerrado.

Que tal foto allá,
ese regalo por allí,
ese libro acá
y ese poema olvidado,
ya sucio, ahí.

Mi curiosidad,
vieja trampa si las hay,
comenzó a inquietarse
al percibir cierto patrón.

Un rato
que se diluyó
como una nube en el viento
me dejó una inesperada revelación.

La suma de mis pasados
forman un rostro,
pero no el mío
ni el que imaginé.