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Mostrando entradas de marzo, 2013

Esos versos

Los versos se caen de las manos que son capaces de invocar los pensamientos y casi siempre son para una estrella.
O para una rosa, algunos tenemos debilidades estilísticas e intereses que nos eclipsan,
Pero a veces la realidad se traga las palabras y los hechos, ese viento de la vida, nos derrumban el castillo de cartas.
Entonces se cumple la profecía de Borges y aquellos elegíos a rasgos y detalles se vuelven penosas elegías.
¿Qué verdad nos espera detrás de cada día o a la vuelta de cada minuto?
¿Qué sueño guiará nuestros futuros pasos?
¿Qué labios robarán nuestras sonrisas mañana cuando ya no hayan lágrimas en las mejillas?
Uno solo es el que sabe, pero a veces sus caminos son inescrutables .

Heridas

Llevo tres marcas en el cuerpo que son el resultado de tus labios y una que no se puede ver que es el resultado del choque de nuestros corazones.
Las cicatrices no siempre tienen que ser mal vistas o heridas incurables.
También puede ser trofeos que nos enseñan a superarnos o que nos recuerdan una dificultad vivida. Un error cometido.
Las heridas, eso sí, no pueden ser nunca un espejo para mirarse.
Las heridas son un libro de historia, un recuerdo, algo que quedó atrás.
Porque si esas huellas son lo que definen tu presente, tu presente será la huella.
Y no importarán las canciones rimbombantes ni las promesas de futuro.
Se disuelven nuestras vidas en la clepsidra y fluyen en el río del tiempo, en la incertidumbre.

Nuestras Torres

El Poderos Hechicero

El deshielo

Fluyen como un río las paredes de hielo del castillo que construimos hace tiempo.
No hay que buscar culpables, porque todos lo somos y no lo es nadie.
Tampoco hay que culpar al sol que no se eclipsó cuando lo necesitamos.
Ni a la luna, que con esa falsa luz propia encandilaba tras un momento.
Ni tampoco al olvido, porque siempre se olvida que el fuego hiere.
¿Vale la pena volver a reconstruir lo que perdimos?
Los cimientos siempre serán firme si el castillo alcanzó gran altura.

Perdidos en algún lugar

Se desvanecen esas señales que nos confirmaban un oasis más allá del desierto.
Un espejismo nos distrajo como una sirena cantando a quien navega.
El mar de arena nos envuelve y nos sumerge despacio, porque no se gratifica en las victorias sencillas.
Pero ya se ha perdido la esperanza, no hay más energía para continuar.
Estamos todos a la misma distancia de ningún punto y el desconocimiento desespera.
Pronto la noche vendrá gélida y se llevará lo que reste en nosotros.
Con el sol, todavía presumiendo su inmensidad, basta una mirada para entender la insignificancia del naufrago.
Ironía es morir y matar al asesino en la misma acción.
Con nosotros también se perderán el desierto y los oasis que no existieron.

Dos caras

Aún no es de noche, pero una estrella persevera al sol y se muestra entre victoriosa e indiferente.
Fantaseo una danza que no existe, pero que se produce todos los días entre anónimos y de la cual somos testigos desconocidos.
El amor no deja de ser una danza de dos o más personas que siguen una coreografía que muchas veces desconocen.
Pero al fin de cuentas, logran finalizarla o nunca la iniciaron.
¿Qué vería esa estrella si conociera su existencia?
Tal vez me vería separado del resto y prevaleciendo sobre el sol, entre victorioso e indiferente.