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Victoria fuera del relato

Se desvanecía el día
en cada suspiro
y con él se iban las ideas
y todos los sueños.

En momentos como ese,
un trozo de papel
se convierte en una puerta
para crear un nuevo mundo
o destruirlo.

Ella miraba
como siempre
por la ventana
mientras la lluvia
le cegaba la garganta.

Pero esa noche
las palabras no acudieron,
esa noche las sombras reinaron.

-¿Te rendiste así nomás?
¿Sin siquiera pelear?-,
preguntó algo sorprendido.

Negué con la cabeza,
sonreí con suavidad,
le sostuve la mirada
y le expliqué que la acción
vence a las palabras.

Cuando las palabras no pueden contener un sentimiento

La vi trazar
círculos en el aire
como en un lienzo,
mientras exhibía
una parte de su alma.

Yo era un alma anónima
que de forma pasiva
se dejaba seducir
por un desempeño
perfeccionado y depurado.

No estaba solo,
cientos observaban
aunque todos veíamos
cosas distintas.

En mi soledad acompañada
entendí, no sin dolor,
que siempre iba a recordar su arte.

Como el que quedó ciego
recuerda el sol,
como el que perdió la audición
anhela la voz de su madre.

Desaparecí entre las sombras del final,
sabiendo que nada serviría
para poder expresar lo que sentí.

Una de las sirenas del mar

En su sabiduría,
Odiseo se ató a un mástil
para poder escuchar
el canto seductor de las sirenas.

No sin antes cubrir
los oídos de los demás tripulantes,
para que el hechizo
no cayera sobre ellos.

Es cierto,
la belleza de sus voces
y el encanto de lo superficial
era cautivante.

Las rocas están
como sus defectos,
escondidos bajo el espejo de agua
que al principio solo duplica lo perfecto.

El camino
hoy me depara
un final tortuoso
pero no inesperado.

Si en algún momento
me resistí a las tentaciones,
los esfuerzos fueron mínimos
y todos los intentos vanos.

Conozco los secretos
que me deparan las sombras
de las melodías.

Sé qué destino
se presenta ante mí
como un castigo
pero también como una liberación.

Son mis alas las de Ícaro,
que decide acercarse al sol
más que nadie
y morir.

Es mi cuerpo el del Minotauro,
que se ofrenda
a la espada de Teseo.

Es mi pluma la del poeta,
que retrata a una musa
que no le corresponde.

Ya se escuchan
algunos tonos a la distancia,
el viento infla las velas,
los condena…

Cuando el viento se lleva la curiosidad

La cadena,
una vez más,
se rompió
y el velo cayó
como un conjunto de hojas
en otoño.

El misterio estaba
resuelto sobre la mesa,
ya tenía la necesidad
de saciar mi curiosidad
cubierta.

Mi penitencia,
que me condena siempre,
estaba cumplida
y mi pena había sido purgada.

Nuevas tareas
se alzan en el horizonte,
el deseo siempre te arrastra
a nuevos puertos
con o sin viento.

Zheng He, pastor del mar,
un día recibió la orden
por parte del emperador
de dejar de explorar el mundo.

¿Qué invisible mandatario
en su plan me incluye
para que me detenga?

El adiós no es más
que un requisito
de dejarse llevar
por la corriente del tiempo.

Sin catapultas o arietes

Ella jugaba con mi curiosidad
mientras pintaba su retrato
sobre un lienzo de cristal.

Le gustaba montar una empalizada
para ver qué arma de asedio
usaría contra ella.

Pero yo estaba perdido
en ese dilema
que siempre me planteaban
sus ojos grises.

El no saber
si mis sentimientos
eran una premonición
o un recuerdo.

Del otro lado de la ventana
una hoja se liberaba
de su rama madre
y se dejaba llevar por el viento.

La musa que no se dejaba tocar

El sol le lastimaba los ojos,
porque la naturaleza
envidia la belleza.

Pero yo solo veía su retrato
a la distancia infinita
del kilometraje ignorado.

O lo que pensaba
que era su retrato,
una foto desgastada
por el paso del tiempo.

Una instantánea
de un momento
que no volverá jamás,
porque el tiempo es una ruta
de un solo sentido.

Se caen los pétalos
sobre la hierba seca,
este jardín no existe
porque no la conoce.

Veo un cuaderno tirado
sobre la arena seca
y con las hojas en blanco.

Las nubes acechan con tormentas,
el cuadro se completa,
los círculos se cierran.

Con demasiadas preguntas

¿Cuándo te das cuenta
de que perdiste?

¿En el momento en que baja
la bandera a cuadros
y vos todavía no la ves?

¿En el instante
que todos corren a festejar
y vos seguís de rodillas
mirando el suelo?

¿Al ver un grupo de letras
que indican que
no te van a elegir?

¿Al escribir un poema
sobre darse cuenta
de cuándo se pierde?

¿Al participar?

Escuchaba sus preguntas
con mucho interés,
porque él era brillante
y yo solo un caminante sin rumbo.

Pero parecía
tan perdido como yo
en saber distinguir
una posibilidad
de una causa perdida.

Ajena a nuestras preocupaciones,
una nena arrancó una flor
que luchaba por alcanzar el cielo.

El mendigo

Sus pies dibujan
líneas que se pierden
con los días
y a nadie le importa.

Se desgasta
como la roca acariciada
por el viento o la lluvia.

Se diluye
como mi alma
con tus palabras
de hierro y sal.

El sol se lleva
lo que le queda
y que tal vez nunca
fue suyo.

Esperará su mano
el abrazo del generoso,
o la limosna del avergonzado.

Pero de alguna manera,
todos estamos
en algún momento
con la palma apuntando el cielo.

¿Qué tesoro
queremos que caiga?

En el penoso hundimiento

La clepsidra
no es solo una metáfora
del tiempo que discurre
inevitable e implacable.

El reflejo del espejo
no me pertenece
y en ese rostro
no reconozco
lo que me gusta de mí.

Mi barco navegaba
por la noche cerrada sin estrellas,
en un mar que se fundía con el cielo.

Como en todas las catástrofes,
nos dimos cuenta tarde
que la nave se hundía sin prisa,
devorada por el agua.

Estábamos cansados,
las piernas solo servían de anclas
y las sombras eran espesas.

Con la tranquilidad
del que se sabe perdido,
vislumbramos en el horizonte
tu faro.

Una luz tenue en la distancia,
un último desconsuelo
ante la salvación utópica.

Pero allí estabas,
cortando la oscuridad
como un cuchillo
que se deja caer en manteca.

Por reflejo,
todos extendimos la mano
hacía ese paraíso
que no íbamos a tener.

Saltando los desafíos

Perspectivas

Era cierto,
las piernas me pesaban,
me sentía descalzo
y transitaba un camino de ripio.

Todo se movía
a máxima velocidad
o en cambio
yo estaba viviendo
en cámara lenta.

La lluvia derretía los árboles
y los transmutaba
en una exteriorización
de mis sentimientos.

Cuando con la cabeza gacha
mis rodillas estaban por ceder
ante la gravedad,
ella llegó.

Con esa costumbre
de ver salir el sol
cuando la tormenta
recién comienza.

Tomó mi rostro entre sus manos,
acercó su boca a la mía
y me dijo casi en un susurro
que nunca nadie pierde.

Porque pese a ser derrotados,
el cambio nos da nuevas fortalezas,
nuevas esperanzas
y nuevos poemas.

Contemplando la lluvia debajo de una nube gris

Me gustaría aprovechar
toda el agua de lluvia,
pero ya llené tantas clepsidras
que temo vivir por siempre.

El cielo nublado siempre
me recuerda a sus ojos,
pero eso no significa nada,
las flores me recuerdan a sus ojos,
el sol,
la tierra negra…

El suelo me ofrece tímido
una silueta de laguna,
un pequeño arroyo
y la certeza
de cimientos débiles.

¿Tendría que correr
como ese perro
que busca desesperado
un refugio bajo un árbol frondoso?

No,
seré siempre ese otro tipo de animal,
el que acepta las derrotas
y reflexiona sobre los fracasos.

Que otros cabalguen
contra molinos de viento
y cada tanto
cacen alguna irrisoria victoria.

A mí, en cambio,
la tormenta me regalará una cara limpia
y un motivo para narrar esas victorias.

Cuando la veía me olvidaba de mis viejas musas

Ella estaba llena
de cosas imposibles,
que la hacían atractiva
al extremo de perderme.

Siempre tuvo eso de ser deseada,
como todo aquello que queremos
y no podemos tener.

No daba abrazos a nadie,
porque decía que no eran
para cualquiera
y no quería que perdieran su valor.

Cada tanto la lluvia
le arrancaba alguna nostalgia
o una de esas tristezas
que intentaba enterrar en el patio de atrás.

Yo pasé
como una canción de primavera,
sin dejar marcas en su historia.

Pero a mí me talló
como el rio a la roca
que descansa en una orilla,
tomando sol.

Vestigios de Troya

Me engulle como el vacío
al paracaidista,
como el mar a las rocas
que arrojan los niños desde la playa.

Y no tengo ningún control bajo el sol,
soy un peón en la línea de fuego
de una reina sedienta de conquista.

¿Qué mano determina
los movimientos que hago?
Porque me entrega al matadero
y me deja sin opciones.

Ya sin desconfianza
abro los portones
y festejo por los cientos
de caballos de madera
que me regalan.

Mañana arderá la ciudad,
que tanto costó construir,
y sus historias se reducirán
a una noche, a unas llamas.

Hoy sopla un viento fuerte,
el cielo amenaza tormenta
y algunos ojos
siguen cubiertos por un velo.

Escaramuza

Ella me flanqueó el cuello a besos,
porque le gustaba jugar a la guerra
y se tenía mucha estima como general.

La dejé avanzar,
sin que sospechara el ardid,
porque como dice Sun Tzu
el fuerte puede pasar por débil.

Su victoria,
a ojos del inexperto en los artes bélicos,
parecía clara y tal vez así lo entendió.

Demasiado rápido intentó alcanzar mi boca,
pero mis labios tenían otros planes
y el contraataque fue implacable.

La moral de sus tropas se derrumbó
a la velocidad del rayo
y su ejército se desbandó.

De haber adorado
a los dioses paganos,
tal vez esa noche ambos
hubiéramos cenado en el Valhalla.

Vagar por la ruta

Bendijo mi camino
con un desierto de afirmaciones
y dejó solo un espejismo
al sediento.

Los reptiles
que decoraban el paisaje
simulaban un vil escarnio
del destino.

El calor convierte
el llanto en pecado,
así que el resto del camino
será un derrotero silencioso.

Tu reciente ausencia
tiñe el aire
y ese prisma
empaña todo lo que veo.

Me acompañará el velo
hasta alcanzar nuevos horizontes
o que se agote la clepsidra
que me corresponde.

Después de la caída

 Para Desirée, que entiende
Se llevaba el mar
los restos del naufragio
y en la playa solo quedaban
los vestigios de lo que fuimos.

Podíamos rendirnos
y dejar que los cangrejos
y las gaviotas se llevaran
lo que nos quedaba.

Carne y piernas débiles,
la sed del que bebe agua salada
y un par de prismas en las mejillas.

Pero en vez de cerrar los ojos
cerramos los puños
y elegimos el camino difícil,
el del que se levanta.

Hoy, desde la cima,
se ven distantes
las tormentas
y las derrotas.

Aunque no se olvidan
las heridas
ni el sendero
en la ladera de la montaña.

Frente al mar

Yace en un colchón de arena,
sintiendo con desdén
las caricias del mar y el sol.

Entre sus dedos discurre
un tiempo sin forma,
porque se sospecha inmortal.

Sin corona es reina
de todos los que la rodean,
pero su reinado
ya no la conforma.

Marina mira el horizonte
y no se sorprende de su inmensidad,
está ocupada en una serie de pensamientos.

Se pierde en sueños
de mundos que no existen
o que tal vez solo sospecha.

Piensa en un par de objetos
que marcaron nuestra historia,
Piensa en las murallas de Constantinopla.

Se pregunta
por el peso de una rosa
en diferentes lugares del planeta
o del universo.

Susurra el nombre
de una espada,
cada tanto,
como un talismán
ante los temores.

Marina se sabe pensada
y ella también piensa.

Pero se le escapa
el nombre del poeta
que se transforma
en otro anónimo.

Al amanecer de una noche en primavera

Nuestro único beso
está escondido entre los susurros
de un poema que pasó inadvertido.

Su mano fría me despidió
con un roce en la mejilla,
y la marcó de igual forma
que a mi corazón.

Antes de desaparecer,
me miró con esos enormes
ojos llenos de matices
y se fue con el viento.

Se perdió como la noche
al amanecer,
sin pedir permiso
y sin arrepentimiento.

Y yo quedé
como el que contempla el amanecer
y sabe que tendrá otras noches,
pero nunca más la que pasó.

El amanecer después del saqueo

“Estamos perdidos”, susurró
o pensó en voz alta Christó
al ver el desierto.

Puede que fuera cierto,
los campos sembrados
y prontos a cosechar
habían sido arrasados.

De las sombras surgieron fantasmas
en forma de bandidos
que nos arrebataron los esfuerzos.

“Estamos perdidos”,
repitió más convencido
del inexorable destino que nos tocaba.

Cayó de rodillas,
casi sin aliento
y con el rostro enrojecido
por la frustración.

Las murallas solo
habían postergado
el inevitable final.

Cerca de donde estaba
descubrió un poco
de vegetación verde,
el futuro.

La que es deseada

Eran ciertos los rumores,
su encuentro era un camino
venturoso para cualquiera,
agua para el sediento.

Yo temía toparme con otro Midas,
porque su oro siempre parece real
y sin embargo con el tiempo
se gasta y pierde valor.

Las aguas erosionan las costas
de idéntica forma a la que mi interés
se va perdiendo con el día.

Pero en las sombras de sus pómulos
se guardan más tesoros
de los que puedo gastar en esta vida.

Desde mi oscura celda anónima
ofrendo a su nombre unas líneas
en el papel arrugado.

Sospecho que si un día
extravía una sonrisa
y por casualidad azarosa
cae en mis latitudes
conoceré el sabor de la inmortalidad.

Cuando caen las rocas

Las hojas y el otoño

Se mece tranquila en el aire
mientras desciende
a la velocidad de una lágrima
en una mejilla seca.

En su abismo
están los compases del tiempo
y el sonido de los pasos
de una dama ignorada.

Una rosa
la acompañaba con la mirada,
sabiendo que el destino de la hoja
es un presagio de su futuro.

Mi piel
le susurra a mis nervios
que el frío está aumentando,
pero mi cerebro decide ignorarla.

Me dejo caer,
la brisa me termina de despeinar
y el olor a tierra húmeda
me dice que estoy lejos de los hombres.

El cielo gris
me distrae por un momento
y cuando vuelvo a buscar
la hoja que planea
ya no la encuentro.

Su desaparición,
sin quererlo,
me recordó todo lo que he perdido.

Estaba despierto

Puede que,
de tanto imaginarte,
al verte te haya confundido
con uno de mis sueños.

El martes discurría
como la arena de las playas
acariciadas por el cálido mar.

Yo divagaba ebrio
de imágenes imposibles
que colmaban mi memoria
y tal vez mis palabras.

Entonces me perdí
en tus ojos claros,
como quien entra
en un intrincado laberinto.

Tu visita fugaz
dejó un halo en la habitación
durante un tiempo
en el que todos
permanecimos en silencio.

Desde ese día
vago detrás de la estela
que dejó tu visión.

Rubicón

El tenue curso de agua color rubí
no detuvo al general con sus legiones
la marcha al objetivo de todos los caminos.

La duda y los temores,
tal vez infundados,
no detendrían ese
primer beso de conquista.

Es inútil tratar de definir
la duración de la batalla,
porque el tiempo es absurdo
de relativo.

Se puede sintetizar
en descubrir una mejilla,
oculta por el largo cabello,
y sellar las bocas al unísono.

Como aquel otro hombre,
él creó un Imperio,
quizá de manera involuntaria
o sin saber qué seguiría.

Como la historia de todo lo humano,
el final llegó inexorable
y hasta necesario.

Schopenhauer nos susurra
que nuestra voluntad
decide su propio camino,

pero el derrumbe de los altos castillos
o el sabor del metal de Bruto,
no ofrecen ese consuelo.

Llegarán otros emperadores,
no caben dudas,
pero solo habrá un César.

Ariadna y Teseo

El día de elegir

Para Jésica
Fluía como un arroyo
de poco caudal
el vino que se derramaba
de la botella tirada en el suelo.

Hacía dos o tres días
que tenía ese sueño recurrente
y el ruido de mis pensamientos
me aturdía.

Las circunstancias reclamaban
una medida imposible,
la opresión aumentaba
la presión en mi pecho.

La alfombra lentamente
se teñía de carmesí
y el aroma en la habitación
se enrarecía.

Ahora, sin saber cómo
hay un cofre de madera,
sobre la mesa,
bastante trabajado.

Dentro sé que hay un libro
que resume de alguna manera
todo lo que en otro momento
intenté olvidar.

Mi respiración se corta,
ya no importa nada,
es necesario que lo abra,
ya elegí.

Entonces vuelve a pasar.

Me despierto,
mi habitación no tiene
alfombras
ni hay vino.

Siento que tuve un sueño recurrente
y que está haciendo ruido en mi mente,
pero no logro entender por qué.

Campos de verano

Ella pintaba campos de verano,
observando el frío desierto
que ofrecía el ventanal.

Yo husmeaba un libro,
un tanto pesado,
recorriendo su estudio
a veces con los ojos
y otras con los dedos.

Perturbado le pregunté
cómo podía imaginar
un paisaje tan bello
teniendo un modelo tan feo.

Me miró con esos ojos marrones,
siempre tan llenos de magia,
y me dijo que sin las cenizas
no puede nacer el fénix.

Que antes que el héroe
está su pesar.

Que los únicos paraísos
son los que perdimos.

Que para la existencia de Irene,
a Christó y a mí
nos tuvieron que matar varias veces.

Me abrazó más fuerte que de costumbre
y me susurró que para poder pintarme
yo tendría que abandonarla.

Esclavitud aceptada

Después de cientos de años,
o quizá tras el paso de un solo día,
ahí estaba sin metáforas,
Irene.

Mis ojos se mostraron incrédulos
en primer lugar
y casi pasan de su presencia
de tan acostumbrados a imaginarla.

Me saludó cordial,
como quien saluda a un vecino
y comenzó a enumerar sus efemérides
del tiempo sin vernos.

En mi posición,
dado que no soy de hablar,
me mantuve taciturno,
como siempre.

Ella contó una serie de victorias
sistemáticas y precisas,
deslizo alguna perdida derrota
pero siempre sonriendo.

En un momento se aburrió
y me invitó a caminar,
pero aunque traté de seguirla,
no lo pude lograr
porque sin darme cuenta
una cadena me había aprisionado la pierna.

Al parecer,
ella no notó mi situación
y comenzó a caminar
y a hablar.

En el aire
se fueron perdiendo
cada una de sus palabras,
mientras simplemente la miraba.

“Entendés, Christó
-dije más que resignado-
porqué siempre seré su esclavo?”.

Como un ejército

Marchamos,
durante varios días,
tal vez años,
a la espera de nuestro enemigo.

Las diferencias entre nosotros
eran abismales,
puesto que el origen
a veces nos determina en pensamiento.

Pero con cada combate,
con cada gota de sangre derramada,
nos volvíamos uno.

Entonces pasó,
era de noche,
vos llorabas
y yo trataba de reprimir
las ganas de fumar.

Después de tanto luchar,
después de tantas batallas,
el enemigo éramos nosotros.

Todavía guardo celoso
las cicatrices de esa derrota,
entre sombras en el exilio.

Historia de cualquiera

En el crepúsculo
ensayé algunas fórmulas
para describir
lo que puede ser
la historia de cualquiera.

Dije
(porque pensé en voz alta)
que la copa terminó
por desangrarse
tras tantas caídas.

Dije
(mirando al cielo como me gusta)
que las nubes cubrieron
hasta el último rayo de sol
y parece que va a llover.

Dije que las habitaciones
ahora son más espaciosas
y que sobran el aire
y la tristeza.

Dije que se marchitaron
cada una de las esperanzas
que plantamos en un jardín
que olvidamos hace tiempo.

Dije que sentí la daga de Bruto
en el pecho de Julio César,
mientras éste decía
"Tu quoque, Brute, fili mi?".

Dije que nuestro hilo,
el que nos permitía
salir del laberinto,
no era de oro.

Dije que quedé solo
en el laberinto,
desarmado y sintiendo
una respiración de bufidos.

Dije que toda despedida
tiene algo de bienvenida,
aunque hoy no sepamos qué.

Repetí que no sabía qué.
(Aún no lo sé).

Dije que eras mi lugar
en el paraíso
y ahora todo es el paraíso,
porque está perdido.

Dije que eras el Sol,
t…

Inevitable

Es cierto,
no lo puedo explicar,
pero es como estar
perdido en el desierto.

No ves por ningún lado los muros,
pero es un laberinto
que no te permite escapar.

Sin punto de partida o meta,
sin otra dificultad
que nuestra propia resistencia.

¿Será esto todo lo que me queda?

Las raciones de agua
cada vez son más escasas
pero eso no significa
estar cerca de un oasis.

¿Qué esperaba
el Minotauro
en su vigilia?

Al final,
tal vez a mí también
me aguarde esa espada.

Fotografías caminantes

“Ayer la vi a Irene”,
soltó Christó
como quien no quiere
decir nada pero
libera un kraken.

El nombre me sonaba,
era un eco desde otra vida,
un recuerdo olvidado,
una de las mujeres que he amado.

Pero la que amaba el poeta,
la misma que también amó
(o ama) Christó.

Ella no existe,
es el arquetipo de La Rosa,
que puede ser
cualquiera de las rosas
según quién la busque.

“Ayer la vi a Irene”,
(estoy soñando),
las catapultas parecen anunciar
el final del sitio.

No soy el señor del castillo,
ni un caballero,
solo un soldado de pie
que ve la muerte a la cara.

“Ayer la vi a Irene”,
pero es mi voz la que me lo recuerda,
estoy parado frente a un muro
de varios cientos de metros de altura.

Llueve,
tal vez también lloro,
el camino es interminable
y el sueño me traslada
de situación en situación.

“Ayer...”,
un jardín se marchita
frente a mis ojos,
las aves caen del cielo.

“La vi...”,
pero tengo que correr
y no se termina la oración,
alguien grita que quiere mi cabez…

Caen y golpean

Una roca del espacio
marcó para siempre
nuestros destinos
y sin embargo hoy
no vemos ninguna cicatriz.

¿Cuántos meteoritos
pasaron por nuestro cielo
y cambiaron el curso
de nuestras vidas?

Se extienden
como largas sombras
esas palabras de despedida
que nos entregaron al desconsuelo.

Luego pasó,
porque el dolor es un dique
que con el tiempo rebalsa.

Y nuevas plantas
cubrieron las cenizas
y la erosión llenó
de arena las costas.

A fuerza de sonrisas
cubriste las lágrimas
y el sufrimiento cedió.

Se pueblan
irremediables
tus llanuras
y es imposible
ignorarlo.

Esa historia termina ahí
y es feliz y colorín colorado.

Pero acá quedan
superficies áridas
y tormentas.

Paisajes lunares,
desérticos y
cubiertos de deformidades.

Y una vista perfecta
hacia un paraíso
al que ya no se pertenece.

Mientras miro una flor

Ella bebe
el jugo de una naranja
y en sus ojos no hay
preocupación ni pesar.

Un gorro la protege,
pero su cabello
igual vuela libre
en la leve briza otoñal.

Mi banco no está lejos
y sin embargo
parece que entre nosotros
hay un campo minado.

No solo nos aleja
la previa ignorancia mutua,
el no saber que el otro existía
hasta descubrirnos.

Sino esas cadenas
que nos impiden acercarnos
a lo que no conocemos.

Imagino dos tipos de hombres:
el que utiliza la espada
y muere con valor
o el que encuentra en el verso
el mejor refugio de la espada.

Asedio en mis sueños

En la penumbra
Irene acechaba mis sueños,
pero no logré despertarme
para evitar su asedio.

Yo vagaba por largos pasillos
llenos de bifurcaciones,
pero el entorno no me parecía
inhóspito o desconocido.

Mi cuerpo era tosco,
incómodo,
pesado,
aunque lo peor era la cabeza,
aún más tosca,
más pesada.

Jugaba a respirar despacio
mientras caminaba,
porque no había mucho para hacer.

Pensaba en las cosas esenciales:
comer y buscar un lugar para dormir.

No había otras preocupaciones,
ni libros por leer
ni gente por llamar.

No existían serpientes
que se comen su propia cola,
ni arquetipos imposibles,
ni los vagos talismanes
que a veces son los recuerdos.

No estaba fascinado
por los antiguos imperios,
ni por los besos robados,
ni por las sumas y restas
que no coinciden.

Era y nada más.

Entonces la vi,
estaba parada
con la espada en mano
y una sonrisa en el rosto.

En un impulso casi bestial
corrí a abrazarla lleno de felicidad.

Mi sangre brotó despacio,
mientras la imposibilidad de hablar
me ahogaba irremedia…

Naufragio

Se acercó con cierta cautela
y un brillo en los ojos
que hacía tiempo no veía.

Siempre me gustó
como le quedaba
ese perfume
y su fragancia
me envolvió en recuerdos
y en nostalgias.

Me observó,
de esa forma tan particular
que ella tiene
y me dijo que amarme
era como naufragar en el mar
y tener sed.

Cada trago de agua salada
demanda uno posterior más largo
y la vida se acaba despacio.

Besó mi mejilla,
vi un pequeño prisma
que se deslizaba
por el lado izquierdo de su rostro
y se marchó.

Pero antes de perderla de vista,
junté fuerzas y le grité
que de cualquier manera
estaba perdida en el mar.

Montañas imposibles

El flanco de la cama
es el horizonte de un mundo rectangular
y tus piernas flexionadas
una montaña a escalar.

Descarto la idea
de estar sostenido
por cuatro elefantes gigantes
y trato de enfocarme
en el tacto del alpinista.

Hasta llegar a la rodilla,
esa cumbre a la distancia,
mis dedos recorrerán,
con exagerada lentidud,
palmo a palmo.
.
El tiempo pasará
y las estaciones dibujarán
nuevos colores en el cielo,
pero ellos guardaran por siempre
la memoria de ese suelo.

Una vez alcanzada la cima,
solo resta el descenso
por la ladera contraria,
pero esa ya es otra historia.

Mancha en el mantel

La copa todavía
rodaba por el suelo
y en sus ojos una centella
anunciaba el final.

Me miró
y no sin cariño,
pero con un poco de crueldad,
me dijo que mi amor
era como una costa
cubierta de diamantes.

Demasiado valiosa,
una joya en todo su esplendor,
un tesoro digno de una corona.

Pero hostil
para el naufrago
que se arrastra
intentando encontrar la paz
de lo firme.

Y cuya única recompensa
es un sinfín de nuevas heridas
que se suman al agua
en los pulmones.

El portazo
aún suena
en mis oídos.

La ausencia del dique