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Mostrando entradas de febrero, 2015

Mi lugar en el mito

Se sentaba cruzada de piernas
y leía una pila de papeles
llenos de números
que al final firmaría.

Me acerqué en silencio,
pero igual me clavó
esos ojos capaces
de separar un árbol de otro
en un bosque.

Me agoté contando
una idea que tenía,
con la que sentía
el calor del sol en el rostro.

Pero ella se paró,
se me acercó
y casi en un beso
me dijo que nunca iba a ser Ícaro.

Me acarició una mejilla
y me dijo que tampoco
sería el minotauro.

Me negó la posibilidad
de tener la espada de Teseo
en las manos.

Tampoco sería mía
la ira del rey Minos
o la tristeza de Egeo.

Mi lugar estaba con Dédalo,
constructor de laberintos,
como el de este poema.

Ella que caminaba y no le importaba

La garúa acaricia su piel
mientras camina
y sus cabellos
se abrazan a su cuello
como a mí me gustaría hacerlo.

¿Serán gotas de lluvia
o lágrimas
las que se deslizan
por sus mejillas rosadas?

La ciudad no ofrece
muchos refugios
para un día así,
pero igual a ella
no parece importarle.

¿Está tan concentrada
en su tormenta interior
que no se percata del tiempo?

Mientras me dejo llevar
como una hoja por un arroyo
esperando chocar contra una roca,
un árbol o un dique.